Tener el vacío siempre cerca, vivir a la orilla del acantilado saber que aunque a veces sepa mis pasos y vea el camino claro, en cualquier momento puedo lanzarme o ser lanzada al vacío.
Hacerme amigo de la caída libre, de soltarlo todo y cerrar los ojos, unas veces porque la sensación es deliciosa y otras porque ya no hay más pasos que dar.
Dar pasos en fe, es cosa que jugamos diario, sólo resulta que algunos saltos llegan rápido a otro sueño y otros tardan en descubrirse entre la niebla, el viento y el miedo.
Saltamos siempre y cada vez el vacío nos parece mas compañero que enemigo.

